¿La psicoterapia puede tener efectos secundarios?

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Cuando pensamos en psicoterapia, solemos imaginar un espacio seguro, de escucha, comprensión y alivio emocional. Para muchas personas, efectivamente lo es. La terapia puede ayudar a ordenar experiencias difíciles, reducir síntomas, comprender patrones personales, tomar mejores decisiones y desarrollar herramientas para enfrentar la vida con mayor flexibilidad.

Pero hay una conversación que durante mucho tiempo ha sido menos frecuente: ¿puede la psicoterapia tener efectos secundarios?

La pregunta puede sonar extraña, incluso incómoda. Estamos acostumbrados a pensar en los efectos secundarios cuando hablamos de medicamentos, cirugías o procedimientos médicos. En esos casos, parece evidente que el profesional debe explicar beneficios, riesgos, alternativas y posibles molestias asociadas al tratamiento. En psicoterapia, en cambio, muchas veces se asume que hablar, explorar emociones o aplicar técnicas psicológicas no puede generar daño.

Esa idea es comprensible, pero incompleta.

La psicoterapia es una intervención clínica. No es simplemente “conversar”. Implica evaluar, formular hipótesis, aplicar estrategias, activar emociones, revisar recuerdos, modificar conductas y trabajar con aspectos sensibles de la historia personal. Precisamente por eso, puede ser profundamente beneficiosa. Pero también por eso debe realizarse con cuidado.

Hablar de los efectos secundarios de la psicoterapia no significa estar en contra de la terapia. Al contrario, significa tomársela en serio.

La terapia ayuda, pero no debería idealizarse

Una buena psicoterapia puede cambiar la forma en que una persona se relaciona consigo misma, con sus emociones, con sus pensamientos y con los demás. Puede ayudar en cuadros de ansiedad, depresión, estrés, trauma, TOC, dificultades vinculares, regulación emocional y muchos otros motivos de consulta.

Sin embargo, idealizar la terapia como si siempre fuera positiva puede dejar fuera una parte importante de la experiencia del paciente. A veces, una persona puede salir de una sesión más removida, confundida o cansada emocionalmente. En ocasiones, puede sentir que ciertos temas se abrieron demasiado rápido, que no entendió bien el objetivo del tratamiento o que no existe claridad respecto a hacia dónde va el proceso.

No todo malestar dentro de la terapia es necesariamente negativo. Algunas intervenciones psicológicas requieren entrar en contacto con emociones difíciles, cuestionar creencias rígidas o exponerse gradualmente a situaciones evitadas. Eso puede incomodar. Pero existe una diferencia importante entre una incomodidad terapéutica esperable y una experiencia que puede ser dañina, confusa o clínicamente mal manejada.

Una terapia responsable no promete que todo será fácil. Pero sí debe ofrecer un marco claro, seguro y colaborativo para atravesar aquello que resulte difícil.

¿Qué son los efectos secundarios de la psicoterapia?

Cuando hablamos de efectos secundarios o efectos no deseados en psicoterapia, nos referimos a experiencias negativas que pueden aparecer durante o después de una intervención psicológica. Estas experiencias pueden ser leves, transitorias o más significativas, dependiendo del caso, del tipo de intervención, del momento vital de la persona y de la forma en que el proceso terapéutico esté siendo llevado.

Algunos ejemplos pueden ser:

  • Aumento de ansiedad o malestar emocional después de ciertas sesiones.
  • Sensación de confusión respecto al propio problema o al tratamiento.
  • Dependencia excesiva del terapeuta para tomar decisiones personales.
  • Dificultad para aplicar lo trabajado fuera de la sesión.
  • Sensación de invalidación, presión o falta de comprensión.
  • Empeoramiento de síntomas cuando una intervención no se ajusta al caso.
  • Abandono prematuro del tratamiento por falta de claridad o mala alianza terapéutica.
  • Pérdida de confianza en pedir ayuda psicológica después de una mala experiencia.

Esto no significa que toda incomodidad sea un daño. En muchos procesos terapéuticos, especialmente cuando se trabaja con ansiedad, trauma, evitación o regulación emocional, puede haber momentos difíciles. La diferencia está en cómo se explican, cómo se monitorean y cómo se acompañan.

Por ejemplo, una persona que realiza exposición gradual para una fobia puede experimentar ansiedad durante el proceso. Eso puede ser parte esperable del tratamiento. Pero si se expone de forma brusca, sin preparación, sin consentimiento claro o sin regulación suficiente, la experiencia puede volverse desorganizante y contraproducente.

El punto no es evitar todo malestar. El punto es que el malestar tenga sentido clínico, sea proporcional, esté acordado y se trabaje dentro de un plan terapéutico claro.

Lo que muestra la investigación reciente

En los últimos años, distintos investigadores han comenzado a prestar más atención a los efectos negativos o adversos de las intervenciones psicológicas. Este tema no busca desacreditar la psicoterapia, sino mejorarla.

Un estudio reciente exploró cómo clínicos de Países Bajos comprendían los posibles efectos secundarios de las intervenciones psicológicas. Los resultados mostraron algo relevante: no todos los profesionales tenían la misma familiaridad con el tema, y no existía un consenso claro sobre qué experiencias debían considerarse efectos secundarios de la terapia.

Esto es importante porque, si los propios profesionales no cuentan con criterios claros para identificar experiencias negativas, es más difícil prevenirlas, explicarlas o abordarlas a tiempo.

Además, el estudio observó que quienes estaban más familiarizados con este tema tendían a conversar más con sus pacientes sobre posibles riesgos, dificultades o efectos no deseados del proceso. Esto sugiere que la formación profesional influye directamente en la transparencia con la que se informa al paciente.

Y aquí aparece una idea central: una terapia ética no solo se pregunta “¿esta intervención funciona?”, sino también “¿para quién funciona?”, “¿en qué momento?”, “¿con qué cuidados?” y “¿cómo sabremos si no está funcionando?”.

No todo lo que incomoda es malo, pero no todo malestar debe normalizarse

Una de las grandes dificultades en este tema es diferenciar entre tres situaciones distintas.

La primera es el malestar esperable del proceso terapéutico. Por ejemplo, hablar de una pérdida, revisar una experiencia dolorosa o enfrentar una situación evitada puede activar emociones intensas. Esto no necesariamente significa que la terapia esté haciendo daño. Muchas veces, el cambio implica atravesar momentos incómodos.

La segunda es la falta de avance. A veces la terapia no empeora a la persona, pero tampoco parece ayudar. El paciente asiste durante meses, conversa, se desahoga, pero no observa cambios claros en síntomas, conductas, comprensión personal o calidad de vida. Esto también merece atención, porque un tratamiento debería revisar periódicamente sus objetivos y resultados.

La tercera es el daño o efecto adverso. Aquí hablamos de situaciones donde la intervención puede estar contribuyendo al empeoramiento del paciente, a mayor dependencia, a confusión, a pérdida de autonomía o a experiencias emocionales que no están siendo adecuadamente contenidas.

El problema es que estas diferencias no siempre son evidentes. Lo que para el terapeuta puede parecer “resistencia”, “avance lento” o “parte del proceso”, para el paciente puede sentirse como estancamiento, presión o desorientación. Por eso, la voz del paciente debe ser considerada de manera activa.

Una buena terapia no se sostiene solo desde la mirada del profesional. También necesita revisar cómo el paciente está viviendo el proceso.

El consentimiento informado no es solo firmar un documento

En psicoterapia, el consentimiento informado debería ser mucho más que una formalidad administrativa. No se trata únicamente de entregar un papel o pedir una firma. Se trata de construir una comprensión compartida sobre el tratamiento.

Esto implica explicar, de forma clara y sencilla, aspectos como:

Cuál es la hipótesis inicial sobre el problema.

  • Qué enfoque terapéutico se utilizará.
  • Qué objetivos se trabajarán.
  • Qué se espera del paciente dentro y fuera de la sesión.
  • Qué dificultades podrían aparecer durante el proceso.
  • Cómo se evaluará si la terapia está funcionando.
  • Qué alternativas existen si el tratamiento no resulta adecuado.

También implica hablar de límites: la terapia no es magia, no todos los enfoques sirven para todos los problemas y ningún profesional debería prometer resultados garantizados.

El consentimiento informado es, en el fondo, una forma de respeto. Permite que el paciente participe de manera activa en su tratamiento, haga preguntas, exprese dudas y tome decisiones con mayor claridad.

En salud mental, esto es especialmente importante porque muchas personas llegan a terapia en momentos de vulnerabilidad. Cuando alguien está angustiado, confundido o desesperanzado, puede aceptar indicaciones sin entender del todo qué se está haciendo o por qué. Por eso, el terapeuta tiene la responsabilidad de explicar, ajustar y revisar el proceso de manera continua.

¿Cuándo una terapia puede dejar de ayudar?

Una terapia puede dejar de ayudar por distintas razones. No siempre se trata de mala intención del profesional. A veces el enfoque no es el más adecuado para el problema. Otras veces falta estructura, evaluación, objetivos claros o coordinación con otros profesionales de salud. También puede ocurrir que la alianza terapéutica no sea suficientemente sólida.

  • Algunas señales de alerta pueden ser:
  • No entiendes qué están trabajando ni hacia dónde va la terapia.
  • Sientes que solo hablas, pero no hay objetivos ni avances revisables.
  • Te vas sintiendo peor de manera sostenida y eso no se conversa en sesión.
  • Tus dudas son minimizadas o interpretadas como falta de compromiso.
  • Sientes que dependes cada vez más del terapeuta para decidir.
  • No se revisan tus síntomas, avances o dificultades.
  • El tratamiento no se ajusta aunque lleves mucho tiempo sin mejorar.
  • Se aplican técnicas intensas sin explicación previa ni acuerdo.
  • No sientes espacio para decir que algo no te está ayudando.

Estas señales no siempre significan que debas abandonar la terapia de inmediato, pero sí indican que algo necesita ser conversado. Una terapia sana debería permitir revisar el proceso sin que el paciente se sienta culpable por preguntar.

De hecho, poder decir “esto no me está funcionando” o “no entiendo hacia dónde vamos” puede ser parte importante del tratamiento.

Terapia basada en evidencia: no es rigidez, es responsabilidad

Cuando hablamos de terapia basada en evidencia, no hablamos de aplicar técnicas de manera fría o mecánica. Hablamos de integrar tres elementos: la mejor evidencia científica disponible, la experiencia clínica del terapeuta y las características, valores y necesidades del paciente.

Esto significa que una terapia debería tener fundamentos claros. Por ejemplo, no es lo mismo tratar una fobia específica, un trastorno obsesivo compulsivo, una depresión persistente, trauma complejo o dificultades de regulación emocional. Cada problema requiere una evaluación cuidadosa y una intervención ajustada.

También significa que el tratamiento debe ser monitoreado. No basta con asumir que “hablar hace bien”. Es importante revisar si hay cambios en síntomas, funcionamiento, relaciones, evitación, calidad de vida o capacidad de enfrentar situaciones difíciles.

La evidencia no reemplaza el vínculo humano. Pero el vínculo, por sí solo, tampoco reemplaza la necesidad de un tratamiento bien pensado.

Una buena terapia combina calidez con dirección. Escucha con método. Validación con cambio. Cuidado con objetivos.

El rol del terapeuta: escuchar, explicar y ajustar

Un terapeuta responsable no debería sentirse amenazado cuando el paciente pregunta por el tratamiento. Al contrario, esas preguntas pueden fortalecer la alianza terapéutica.

Preguntas como estas son completamente válidas:

¿Qué enfoque terapéutico estamos usando?

¿Cuál es el objetivo principal del tratamiento?

¿Cómo sabremos si estoy avanzando?

¿Qué puedo esperar en las próximas sesiones?

¿Es normal sentirme así después de trabajar este tema?

¿Qué hacemos si siento que no estoy mejorando?

¿Existen otras alternativas terapéuticas para mi problema?

Un buen terapeuta no tiene por qué tener una respuesta perfecta para todo, pero sí debería estar dispuesto a conversar, explicar y ajustar. La psicoterapia no debería funcionar como una relación de autoridad incuestionable, sino como un trabajo colaborativo.

El paciente aporta su experiencia subjetiva, su historia y sus objetivos. El terapeuta aporta conocimiento clínico, método, criterio profesional y acompañamiento. Cuando ambos elementos se integran, la terapia se vuelve más segura y efectiva.

Hablar de riesgos también puede fortalecer la confianza

A veces se evita hablar de posibles efectos negativos por temor a que el paciente se asuste o pierda confianza. Pero la transparencia bien comunicada no debilita la terapia. La fortalece.

Cuando un profesional explica que algunas sesiones pueden remover emociones, que ciertos ejercicios pueden generar ansiedad inicial o que el tratamiento será revisado en conjunto, el paciente puede sentirse más preparado. La claridad disminuye la incertidumbre.

El problema no es decir “puede ser difícil”. El problema es no explicar por qué podría ser difícil, qué se hará si eso ocurre y cómo se cuidará el proceso.

En psicoterapia, la seguridad no depende de evitar todo dolor emocional. Depende de crear un contexto donde ese dolor pueda ser comprendido, regulado y trabajado con sentido.

¿Qué puede hacer el paciente si siente que la terapia no le ayuda?

Si estás en un proceso terapéutico y sientes que algo no está funcionando, puede ser útil llevarlo directamente a sesión. No como confrontación, sino como información clínica relevante.

Puedes decir, por ejemplo:

“Siento que no tengo claro hacia dónde vamos.”

“Me he sentido peor después de las sesiones y me gustaría entender si eso es esperable.”

“Me gustaría revisar los objetivos del tratamiento.”

“Siento que necesito herramientas más concretas.”

“No estoy seguro/a de que este enfoque me esté ayudando.”

Estas conversaciones pueden abrir ajustes importantes. A veces basta con ordenar objetivos, cambiar el ritmo, introducir nuevas estrategias o revisar la formulación del caso. En otras ocasiones, puede ser necesario considerar una derivación o una segunda opinión profesional.

Pedir claridad no es ser difícil. Es participar activamente en tu proceso.

Terapia segura no significa terapia perfecta

Ningún proceso terapéutico es perfecto. La relación terapéutica, como toda relación humana, puede tener momentos de desencuentro, dudas o ajustes. Lo importante es que exista la posibilidad de conversar sobre ello.

Una terapia segura no es aquella donde nunca aparece incomodidad. Es aquella donde la incomodidad se comprende, se contextualiza y se trabaja con cuidado.

Una terapia segura no es aquella donde el terapeuta siempre tiene la razón. Es aquella donde existe apertura para revisar hipótesis, escuchar al paciente y modificar el rumbo cuando sea necesario.

Una terapia segura no es aquella que promete resultados rápidos. Es aquella que trabaja con honestidad, evidencia, objetivos claros y respeto por los tiempos de cada persona.

Para cerrar: hablar de efectos secundarios es cuidar mejor

La psicoterapia puede ser una herramienta profundamente transformadora. Puede ayudar a aliviar síntomas, mejorar vínculos, desarrollar habilidades, enfrentar miedos y construir una vida más conectada con los propios valores.

Pero precisamente porque tiene ese potencial, debe ejercerse con responsabilidad.

Hablar de efectos secundarios de la psicoterapia no busca generar desconfianza hacia la terapia. Busca promover procesos más claros, éticos y seguros. Busca recordar que el paciente tiene derecho a entender qué tratamiento está recibiendo, por qué se está utilizando y cómo se evaluará si está funcionando.

Una salud mental basada en la evidencia no solo pregunta: “¿esto ayuda?”. También pregunta: “¿cómo lo hacemos de manera segura?”, “¿qué necesita esta persona en particular?” y “¿qué señales nos indicarían que debemos ajustar el camino?”.

La buena terapia no se basa en promesas. Se basa en cuidado, conocimiento, colaboración y honestidad.


¿Buscas iniciar un proceso terapéutico?

En Espacio Mental trabajamos desde un enfoque clínico basado en evidencia, integrando evaluación, objetivos claros y estrategias terapéuticas ajustadas a cada persona. La terapia no debería ser un espacio confuso ni improvisado, sino un proceso colaborativo, respetuoso y orientado al cambio.

Puedes agendar una sesión de psicoterapia online o presencial para comenzar un proceso con mayor claridad, cuidado y acompañamiento profesional.


Referencias sugeridas

Houben, S. T. L., Backus, A. C. P., Merckelbach, H., & Dandachi-FitzGerald, B. (2026). Exploring the Overlooked: Dutch Clinicians’ Perspectives on Side Effects of Psychological Interventions. Clinical Psychology & Psychotherapy.

Klein, J. P., Rozental, A., Sürig, S., & Moritz, S. (2024). Adverse events of psychological interventions: Definitions, assessment, current state of the research and implications for research and clinical practice.

Bystedt, S., Rozental, A., Andersson, G., Boettcher, J., & Carlbring, P. (2014). Clinicians’ Perspectives on Negative Effects of Psychological Treatments.

Rozental, A., et al. (2016). Negative Effects of Psychological Treatments.a en algo más simple —y a la vez más complejo—: dejar de hacerlo en piloto automático y empezar, de a poco, a escucharse un poco más.

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